Hicimos sociales con algunos mexicanos y algunas londinenses. Bueno, con las londinenses no ya que ellas no nos hablaban. Punto. A dormir con las cucarachas y moscos. Señores: con poca plata se pueden hacer cosas bonitas. Sólo porque Puerto Escondido se volvió turístico no te pueden cobrar tan caro por algo inhabitable.
A dormir y a soñar que estábamos en la fresca casa de David. Nos tomamos otro colectivo que nos llevó a la Bahía de Huatulco la que, según el holandés que nos sirvió el desayuno, se ha convertido en la nueva Acapulco. Menos mal que no fuimos a las playas más alejadas sino a Playa La Entrega, se llama así porque allí se “entregó” a un héroe mexicano, el cual pensaba escapar en un barco pero era una trampa. Anécdota aparte. Allí comimos de lo más rico y de los más caro. Es una playa pequeña y visitada más que nada por los mismos mexicanos. Bonita. Luego de un tour en lancha por cuatro de las nueve Bahías de Huatulco, de intentar pescar tiburones y marearnos porque hacia cinco minutos habíamos almorzado, encallamos en Puerto Cruz, cercana a la zona “céntrica” de Huatulco donde también chapuceamos (¿se escribe así?) esta playa aún más pacífica que la anterior y menos poblada.
Qué lastima pero adiós, me despido de ti y me voy. Así le dijimos al Pacífico. Lo saludamos, le tiramos besitos, le dijimos que lo queríamos y que volveríamos. Le contamos nuestras penas y nuestras alegrías, nuestros vicios y nuestras boberías. ¡Ay que ese Pacífico no hable!
Acotación cerrando este relato: con poco dinero se puede ir a un lugar muy bonito. Cuando me case y tenga un marido… volveré.
volverás y serás arena del pacífico?
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